Hernán Grajales Orogénesis

        
 Fhara Galería, Bogotá.
2007

Desde hace algunos años, Hernán Grajales se encuentra analizando y reconstruyendo uno de los géneros pictóricos por excelencia, el paisaje, para lo cual ha escogido una particular estrategia de pintar sin pintar y de construir la ilusión de profundidad a partir de recortes y del ensamble de planos neutros. Para objetivizar el simulacro que en esencia todo paisaje es, Grajales ha optado por utilizar en sus ensambles/collage el reverso de lienzos crudos ó pintados por él o por otros artistas, valiéndose de las variadas calidades de las imprimaturas y de sus porosidades, de las trazas de pigmentos filtradas a través de éstas para definir las siluetas de cerros y montañas, mesetas y valles inclinados, y de sugeridos efectos atmosféricos que operan sobre ellas, y que son apenas perceptibles o imaginables, ya sean lloviznas, brumas ó cielos cerrados. En una inspección cercana a éste grupo de obras, pueden observarse las diferentes tramas y tonos de las lonas, que van del habano al ocre claro, el marrón, el marfil, a los rosas y amarillos agrisados y muy claros.

El efecto general de ésta serie, vista en conjunto, es el de una extensa panorámica de cordilleras en crema y humo, que bien podríamos considerar como un grupo de instantáneas tomadas en un planeta desértico. Pero a la vez estos paisajes nos ubican inmediata y automáticamente, inconscientemente, en el escenario natural que enmarca nuestra vida ciudadana en Colombia, el norte de la cordillera de los Andes. Este llamado a localizarnos en nuestro propio entorno, es logrado mediante las cuidadosas observaciones sobre nuestra topografía que hace el artista, y que rigurosamente va reduciendo y registrando en líneas quebradas y rugosidades táctiles, las que en definitiva son, otro llamado a nuestro cuerpo a recordar, a través de la imaginación, la sensación del aire libre.

El ejercicio reduccionista de Grajales, que puede parecer excesivo y exclusivamente formalista, constituye un reto doble para el artista y un ejercicio intelectual exigente, en cuanto éste se encuentra enfrentando a un género –el paisaje- cada vez más escaso aunque ineludible en las artes colombianas de los últimos 100 años. Grajales sabe de la extensa tradición que va de Zamora y Borrero, de Núñez Borda y Páramo a Marco Ospina, Antonio Barrera y Edgar Silva, y del peso de un género que no pudieron evitar ni siquiera nuestros escultores no figurativos, desde Ramírez Villamizar y Edgar Negret a José Echevarria y Carlos Uribe.

Para comprender de una manera mas completa la obra de Grajales, es necesario recordar su educación artística, que tiene lugar en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional alrededor del primer lustro de los 90, donde la pintura y los pintores eran protagonistas. Santiago Cárdenas, Rodrigo Callejas, Raúl Crsitancho, María Elena Bernal, Armando Villegas, Gustavo Zalamea, Jorge Riveros, Miguel Ángel Rojas, María Moran, todos ellos pintores, conformaban el cuerpo docente de la mas prestigiosa y sólida Academia de Artes del país en un momento quizá contradictorio, en el la pintura se constituía ya en una practica post moderna que sin embargo daba continuidad ininterrumpida a la tradición modernista de la pintura colombiana, caracterizada por sus dos vertientes principales, la expresiva y la abstracta. En este anacrónico momento transmoderno, donde la fotografía continuaba siendo una practica casi marginal y las instalaciones tímidamente empezaban a descolgarse de los cuadros, tiene lugar la educación artística de Grajales. Es inevitable entonces, no ver su trabajo como heredero de una tradición nacional que cuenta con temas y preocupaciones definidas y paletas afines. Sin embargo, los trabajos de Grajales se emparentan mas a los de un fotógrafo, Sergio Trujillo Dávila, que a los de un pintor. Hijo del pintor Sergio Trujillo Magnenat, Trujillo Dávila realizo sus series de Nieblas, durante la década de los 70 siguiendo el credo estético de Ansel Adams buscando obtener la mayor diversidad tonal en registros de los efectos atmosféricos que registraba en el paisaje local. Sus tomas en blanco y negro recuerdan los paisajes casi monocromos de Grajales, y representan la misma ambición de poner al servicio del espectador una maquina de visión bidimensional, un termómetro personal que se activa dependiendo del estado de animo de quien se encuentra frente a la obra.

En sus últimas telas el artista ha decidido realizar versiones de pinturas y grabados que consideramos esenciales en la historia de éste género re visitando a Cezanne, Friedrich y Hokusai. El sampling formal que hemos mencionado anteriormente, proceso de recorte y edición de fragmentos, de suma de unidades homogéneas aunque irregulares y diferenciadas, encaja con el sampling conceptual propuesto por el artista. Pareciera que el artista intenta, una vez mas, cuestionarnos acerca del papel del espacio de representación pictórica, el cuadro como ventana o como pantalla. En el ensayo La pantalla, Emile Zola afirmaba:

Cualquier obra de arte es como una ventana abierta a la creación; existe en el encuadre de la ventana una especie de pantalla transparente, a través de la cual se perciben los objetos mas o menos deformados, sufriendo cambios mas o menos sensibles en sus líneas y en su color. Estos cambios corresponden a la naturaleza de la pantalla. No se tiene la creación exacta y real, sino la creación modificada por el medio a través del cual pasa la imagen. Vemos la creación en una obra a través de un hombre, un temperamento, una personalidad. La imagen que se produce sobre esta pantalla de nueva especie es la representación de las cosas y de las personas situadas mas allá, y esta reproducción no puede ser fiel, pues cambia cada vez que una nueva pantalla viene a interponerse entre nuestro ojo y la creación.

La pantalla realista es un simple cristal, muy puro, muy claro, que tiene la pretensión de ser tan perfectamente transparente que las imágenes lo atraviesan y se reproducen inmediatamente en toda su realidad. Así, no hay ningún cambio, ni en las líneas, ni en los colores: una reproducción exacta, fresca, e inocente. La pantalla realista niega su propia existencia (…), es seguramente difícil de caracterizar una pantalla que tiene como cualidad principal la de no existir apenas.”

Este texto de Zola, citado por √ictor Stoichita en Ver y no ver, bien ilustra el campo de fuerzas y tensiones en que se encuentra el trabajo de Grajales. Su riguroso examen de la representación a través de la simplificación y su fidelidad a la idea del cuadro como ventana, no exenta de un muy consciente conocimiento de sus limitaciones y su condición histórica. Por ello, y no por complacencia, Grajales se vale de tras grandes paisajistas del Siglo XIX que representan tanto el paisaje japonés –Hokusai-, el paisaje romántico –Friedrich- y el impresionismo –Cezanne-, para poner a prueba, si es eso posible aun hoy en nuestra sociedad del espectáculo, la percepción que tenían Zola y sus contemporáneos -entre ellos Cezanne- de la obra de arte “como una pantalla que tiene como cualidad principal la de no existir apenas.”

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Acerca de santiagorueda

curador independiente, investigador en arte contemporaneo

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