El Estado del Vacio – German Toloza

Museo de Arte de la Universidad Nacional, Bogotá, 2008

“El cielo estaba de un tenebroso color leche, y albergaba luna y sol en cada extremo. Y a un metro de la tierra caía o crecía, no lo sé, una capa de bruma rojiza, y uno tenía la impresión, al caminar, de que la piel repelía el contacto con ese aire especial, erizadera y rasquiña. Pero Bárbaro había quedado muy impresionado con el aspecto del día, al que bautizó, a la ligera, de “increíble”. No se equivocaba: eso ya lo juzgará el lector.”
Andrés Caicedo .

I.
En uno de los pasajes finales de “Que viva la música” de Andrés Caicedo, María del Carmen Huerta, su protagonista, se enamora de un ladrón, Bárbaro, experto en robar a los turistas norteamericanos que visitaban el Río Pance. Bárbaro destroza a golpes a los turistas, no solo para robarlos, sino para disfrutar de la violencia, siendo tragado finalmente por un arbusto que se le abalanza, lo atraviesa con sus raíces y lo entierra en el suelo. Como metáfora, Bárbaro simboliza las luchas de resistencia armada en América del Sur a fines del Siglo XX, la violencia ciega y la incapacidad de transformar la realidad: “Violencia de la seca, de la que no alivia nada”, parafraseando al autor. En este viaje Caicedo no olvida el caluroso valle en el que se encuentran sus personajes y describe con detalle la visión alucinada de un pico de los farallones convirtiéndose en un cóndor que emprende vuelo:
“El cóndor removió el cuello, ooooooo, conmoción de nuestras cabezas, batió las alas y emprendió vuelo llevándose con él la montaña entera! Florecida de los colores del mamey y del chiminango, gualanday y támbulos mestizos, cascarillo, higuerón, cabuyo, la joven ceiba en donde yo pensaba obtener la primera estación de sombra, el chambimbe, el guásimo, el aborrecido cañafistolo, matapalo y mataratón y las hileras de cañabrava, paredes suaves de la guadua, mis remansos, mis caminos inconclusos, mis canijos, guayabos cegadores, guayabo noble, guayabo rial, guayabo de leche, guayabo coronillo, lulo mordaz, lulo de perro, cariñosos abedules, chilca del seminario, cedros y pinos putos, algarrobo, riberas de buriticá, resguardo de bandoleros, floramarillo, arrayando el yarumo negro el corrompido, mortillo y Juan Ladrillo al amparo de un moral silvestre de Castilla, dándole vueltas a sus razones poderosas con base en las cuales fundó, entre cienagas y maleza mortal y frente a un mar maldito, el puerto de Buenaventura”.
Nombrar las cosas es hacerlas existir. La rigurosa enumeración de árboles parece tener una finalidad específica. Los nombres castizos y propios, sirven al escritor para describir el paisaje, en rima con el fraseo de la música antillana que termina tomándose su novela. “Que viva la música” es una obra sobre el “desclasamiento”, una exploración de los territorios culturales que hasta bien entrados los años 70 seguían siendo excluidos por las versiones oficiales de la cultura. No es una novela de denuncia ni de realismo mágico. Caicedo supera estas dos posiciones dominantes en su momento, no solo en la literatura sino también en el teatro, el cine y las artes visuales, para explorar la realidad desde otros dominios.
En este sentido, su obra es paralela a la de Beatriz González, quién desde “Los suicidas del Sisga” (1965) logró situarse en el terreno de la crítica cultural sin caer en la bipolaridad política, explorando los colores y las texturas del gusto popular y valiéndose del humor y de un ánimo celebratorio ante la realidad. En los años 70 González afirmaba que hacía una “sub-pintura” para un país sub-desarrollado, realizando lo que Deleuze-Guattari denominarían como la “literatura de lo
menor,” que “no es la literatura de una lengua menor, sino la literatura que una minoría hace en una lengua mayor” [1] el “uso intensivo y vernacular de un lenguaje o una forma que distorsiona sus funciones oficiales o institucionales”. [2]

II.
En otro tiempo y espacio, puede afirmarse que los mismos contenidos y actitudes son el tema central de las pinturas de Germán Toloza. En “El hombre del guanábano”, un títere cuelga ahorcado de un árbol del que penden enormes y monstruosas guanábanas maduras. En “Anomalía”, un enmascarado, que hace parte de una pirámide de piñas, sangra descalabrado. Toloza combina en sus telas los colores puros y el dibujo impuro de la pintura popular, las figuras de las cartillas escolares, la paleta de los atardeceres de los murales de las pescaderías, para construir una narrativa protagonizada por las imágenes de la cultura de la mayoría marginada, y el binomio violencia y naturaleza ó “botánica política”.
Formado como artista en los años 80, Toloza se educó en el momento en que la transvanguardia y el neo expresionismo eran importados y asimilados. La preferencia por las telas de gran formato, el historicismo, el gusto por la expresión, el retorno a la figuración realista y las mitologías personales explican esta herencia. En sus telas, como en la novela de Caicedo y como en buena parte de las obras de los artistas colombianos contemporáneos, entre los que podemos situar a Miguel Angel Rojas, José Alejandro Restrepo, Juan Fernando Herrán y a la misma Beatriz González, el paisaje no se presenta como un motivo neutral, es un campo sintomático/pulsional donde la agresividad no proviene de la naturaleza sino de los excesos del temperamento humano, un escenario herido por las luchas por la tierra, el cauce incontrolable del flujo del capital y los cercamientos y encierros de la riqueza. En su “sub-pintura,” Toloza no ha renunciado a las técnicas y los elementos narrativos tradicionales, adoptando una estrategia oblicua en la que la cita histórica, el mismo acto de pintar, de narrar, se convierte en medio de indagación sobre lo real.

Notas
[1] Citado por Hal Foster en Remodificaciones: hacia una noción de lo político en el arte contemporáneo. En Modos de hacer, Arte crítico,
esfera pública y acción directa. Ediciones Universidad de Salamanca, pp. 95-126.
[2] Ibíd., página 122.

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Acerca de santiagorueda

curador independiente, investigador en arte contemporaneo

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