Poder patógeno – Rosemarie Gleiser

   

Las nuevas máquinas son limpias y ligeras, y sus artífices, devotos del sol que están llevando a cabo una revolución científica asociada con el sueño nocturno de la sociedad post industrial. Las enfermedades evocadas por estas limpias máquinas ‘no son más’ que los minúsculos cambios en el código de un antígeno en el sistema inmunitario, ‘no más’ que la experiencia del estrés. Los ágiles dedos de las mujeres ‘orientales’, la vieja fascinación de las muchachas victorianas anglosajonas por las casitas de muñecas y la atención forzada de las mujeres hacia lo pequeño toman una nueva dimensión en este mundo.”

Donna Haraway, Manifiesto Cyborg

 

Generacionalmente, Rosemarie Gleiser pertenece al grupo de escultores surgidos en la década de los 90 – María Fernada Cardozo, Juan Fernando Herrán, Rosario López- quienes influidos por el exitoso trabajo de Doris Salcedo, adoptaron la utilización de materiales orgánicos, especialmente residuos animales y humanos, para señalar un clima generalizado de alta agresividad.

Gleiser evitó el lugar común y las referencias de las que se sirvieron sus contemporáneos – “la escultura social europea”: Joseph Beuys, Kounellis, Eva Hesse- y sin abandonar un interés común por el empleo de materiales de origen animal, se dedicó a investigar los soportes bidimensionales –la fotografía, el grabado, el dibujo- para explorar cualidades visuales casi táctiles –y por ende escultóricas- del cuerpo humano.

Una buena parte de su producción reciente está basada en el arreglo de imágenes donde la fotografía atestigua procesos consecutivos donde la piel y en especial las superficies capilares son rastreadas, raspadas, depiladas y rastrilladas.

Con una educación visual refinada, Gleiser se apoya en referencias muy variadas, que supera el menú habitual de las escuelas de arte y que abarca al surrealismo, la escena fotográfica europea – Bellmer, Boiffard, Brassai, Man Ray, Wols- el grabado y la fotografía japonesa, la ciencia ficción –Cronenberg, Verhoeven- y el cyber punk.

Gleiser ha escogido ese particular tipo de excrecencia que es el pelo, para construir una serie de metáforas sobre nuestra imbricación actual con las tecnologías digitales. La máquina blanda en la que nos hemos convertido, se presenta como un polo de alto magnetismo y la dermis es utilizada como superficie de inscripción donde se intenta decodificar la criptografía envolvente de la alta tecnología.

Si bien, la oposición entre naturaleza y cultura había sido tratada con profundo pesimismo y humor negro por Gleiser en Pesadilla plástica corto punzante (2001) y en Pesadilla peluda (2001), en obras mas recientes y en especial en las Cabezas con puertos, se hace una reflexión amplia sobre el lado negativo de las redes de interacción electrónica de las que dependemos.

Las imágenes resultantes parecen extraídas de archivos médicos y judiciales. Anomalías físicas, patologías sociales, cuerpos tatuados como medio de identificación y asignación social, registros de lo que aparentan ser cultivos de laboratorio –bacterias, hongos- componen capa por capa un completo conjunto de visiones cartográficas que describen en claro oscuro un paisaje sombrío.

Al utilizar el pelo, Gleiser está haciendo referencia a esas funciones y partes del cuerpo que se autogeneran, que tienen un funcionamiento autónomo sobre el que no ejercemos ningún control y entre las que podríamos agrupar además a los afectos, las ideas, las emociones y los sentimientos. Nos encontramos con un planteamiento netamente surrealista donde lo natural y lo incontrolado –el inconsciente, la pulsión sexual, lo irracional, los sueños- se enfrentan a la maquinaria disciplinaria y normalizante de la cultura.

Es en esta instancia donde las referencias históricas que Gleiser permite co existir en su trabajo se activan. Los rituales sexuales simulados de Hans Bellmer, el arcaísmo prehistórico develado en el mundo industrial por Brassai, las huellas del cuerpo y el graffiti de las inmensas telas de Antoni Tàpies, la tecnología antropófaga, omnívora y polimórfica de los films de Cronenberg florecen de manera liminal en el papel y en la mente del espectador, inoculándole.

De una manera indirecta, estas imágenes nos hablan de problemas de la vida cotidiana. En nuestra sociedad, las mujeres están exigidas a realizar periódicas depilaciones, que aparte de ser engorrosas son particularmente dolorosas y constituyen uno de los tantos castigos que casi de manera obligatoria deben cumplirse para satisfacer una convención estética artificial. A mi modo de ver, estas imágenes fotográficas son también la “reportería de guerra” de este enfrentamiento cotidiano entre nuestro cuerpo y nuestra cultura.

Finalmente, las imágenes de Rosemarie Gleiser recuerdan a las orugas, esas criaturas de lento movimiento y luminosos colores, cubiertas de esa pelusa que las hace parecer tan suaves y agradables al tacto. Tal vez no exista una sola persona que no haya experimentado el sorprendentemente doloroso y urticante encuentro físico con uno de estos animales, cuando los pelos de esas criaturas se clavan como arpones en nuestra piel liberando poderosos histamínicos. Ésta experiencia, que sucede mayormente en nuestra infancia, queda grabada en nuestra conciencia por siempre, y en cada encuentro ocasional con este tipo de animales, vuelve a nosotros esa extraña y ambivalente sensación contradictoria entre placer visual y dolor táctil. Así, sus fotografías y grabados, son recordatorios de nuestra relación contradictoria con las tecnologías blandas, de su poderoso poder de seducción y dominio, y de los lazos invisibles con los que nos ata. Las cicatrices temporales que estas imágenes nos causan, como las heridas de las orugas, son señal de advertencia ante esas fuerzas que nos hacen amar incluso a lo que nos somete y nos explota.

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Acerca de santiagorueda

curador independiente, investigador en arte contemporaneo

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